La sala de audiencias, la misma en la que se celebraron los dos juicios por encubrimiento del atentado contra la AMIA y escenario del juicio en el que fue condenado y marchó preso el ex vicepresidente Amado Boudou era una hoguera. Literalmente. La calefacción puesta sino al máximo a una temperatura muy cercana causó que poco a poco los sacos y abrigos fueran quedando desacomodados sobre las sillas.
El presidente del tribunal tuvo un gesto imperceptible que pareció congraciarse con la ex mandataria: omitió su segundo nombre. La mencionó como “Cristina Fernández de Kirchner” y eludió el “Elisabet”, que con deliberada intención comenzó a usar el juez Claudio Bonadio en las causas en las que le dictó procesamientos a granel. A los otros 12 imputados los identificó por sus nombres completos.
A poco de abierto el debate, el abogado Rusconi intentó interponer una cuestión previa a la lectura de los cargos. El presidente del tribunal, Jorge Gorini, se lo impidió: “las partes van a tener su oportunidad de realizar manifestaciones antes del cuarto intermedio, tras la lectura de la acusación”.
Rusconi insistió y, con el micrófono cerrado, elevó su vozarrón para denunciar que algo –que no se entendió- era “inadmisible”. Gorini respondió: “no lo estoy escuchando, no le doy la palabra”.
La única nota discordante, menor por cierto, la dieron los celosos policías y el personal de seguridad que custodiaban la sala de audiencias. Preocupados, ambos, en que los periodistas no tomaran fotos con sus celulares, se mantuvieran sentados en sus butacas y en advertirles que si salían de la Sala para –por ejemplo- ir al baño, no podrían volver a ingresar. “Tenemos orden del tribunal”, alertaba una joven uniformada poco proclive a analizar la irrazonabilidad de lo que estaba acatando.
TA.