Aseguran que porno profetiza el futuro y el fin del cine

31 de octubre de 2019

 

Uno de mis trucos favoritos para entender qué sucederá con
el cine y el negocio del entretenimiento audiovisual en general consiste en ver
qué pasa en el porno. No es demasiado secreto y es posible que se hayan dado
cuenta, por cierto, y más de una vez hablamos aquí de la causa: dado que el
porno es siempre un campo marginal y de consumo vergonzante, ha tenido que
aguzar el ingenio para sobrevivir primero como algo ilegal y luego, de modo más
vehemente, en el legal. Muchas de las grandes innovaciones en la comunicación
digital, desde el streaming hasta la securización bancaria, comenzaron como
experimentos en la pornografía, que además fue la primera sección del
entretenimiento en aprovechar Internet.

Si Disney va a tener su propio SVOD o se puede pagar ABL
desde casa es porque en un pasado tan remoto como finales de los noventa, los
productores de pornografía aprendieron a poner on line sus producciones y
cobrarlas sin que apareciera en la tarjeta de crédito, sacando el máximo de
beneficio posible a anchos de banda que no superaban los 56 Kbps. Ah, tiempos
del ruidito del modem.

Pero también en otro campo el porno ha sido pionero desde
los años setenta. No solo en la explicitud a la hora de mostrar en el cine -la
explicitud es sustancial al porno-, cuya aceptación permitió que los
realizadores del New Hollywood, ya de por sí duros, tuvieran carta blanca para
contar asuntos moralmente ambiguos (vean Taxi Driver, ahora que se puso de moda
Guasón, o vean Carrie, cuyo primer travelling lleno de desnudos sería hoy
infilmable) y violentos. También en cuanto a formatos y hábitos de consumo.

Repitamos el mantra: el porno es un consumo en general
vergonzante y verlo en casa implica una ventaja. De allí que la industria
creciera sobre todo desde la aparición del VHS, luego el DVD y luego, Internet,
que además permiten bajar costos de modo sustancial. La pregunta que podemos
hacernos es si el cambio en las condiciones de producción propició un cambio en
el tipo de demanda y consumo o fue al revés. La respuesta es que un poco y un
poco. Pero requeriría una columna mucho más larga.

Hablemos un poco del futuro. El cine se enfrenta hoy a un
paisaje similar al que vivió el porno cuando la revolución del DVD e Internet
abarató sustancialmente los costos de producción al tiempo que llevó la
posibilidad de visibilidad irrestricta al hogar. Los grandes players del negocio
audiovisual han comprendido esto y es por eso que crean SVOD y se lanzan a la
producción de películas y series para esas plataformas, además de
«cerrar» sus contenidos a otros competidores. Cada vez hay más
alternativas realizadas directamente para el consumo en el hogar, y las salas,
cada vez más, se enfrentan a que el negocio posible es el del gran blockbuster.

Pero extrapolemos un poco: los cines porno desaparecieron
porque para qué ir a un lugar sucio, pagar una entrada y sumergirse entre
compañía poco confiable para algo que podía verse cuando se deseara, en
momentos de tranquilidad y soledad, en casa. Y además, verlo por cuanto tiempo
uno deseara o necesitase.

Y, además, eligiendo exactamente qué ver. Una cosa es ir a
un cine porno y quedar «preso» de lo que uno ve en pantalla hasta que
las imágenes satisfagan sus deseos y otra es hacer una búsqueda sencilla en
PornHub (digamos «chicas con grandes senos pelo azul con muñecos de
peluche», o cualquier otro esoterismo que se le ocurra) y que en seguida
haya suficiente como para el estímulo visual. Ese cambio en los hábitos de
consumo, casi instantáneo en el porno, hoy se da de modo lento pero
indefectible en el cine en general.

Veamos el panorama: cada vez más, las películas no
espectaculares en modo inmediato, las basadas en guión, actuación, personajes y
un poco menos en el impacto visual inmediato (no en el mediato: la composición
de un plano es tan «espectacular» en sentido estricto -o mucho más-
que Iron Man tirando rayos en el aire mientras gira hacia el infinito) hoy
pueden verse con enorme detalle y muy buen sonido en un televisor moderno, un
LED de 55 pulgadas normal, que hoy son asequibles en precio y están en casi
todos los hogares. ¿Para qué ir al cine? Entonces, ¿qué les queda a las salas?

El negocio de las salas no son las entradas sino los snacks
y la bebida, así como el negocio de los sitios porno gratuitos -los más
visitados- no es la venta de contenidos específicos sino la de tráfico para
terceros. Pero en ambos casos, para vender eso que da dinero es necesario el
contenido. El porno tiene, cada vez más, clips de no más de 20 de duración de
enorme especificidad. Los cines, tanques: películas para público amplísimo que
incluye todas las edades, muy caros porque necesitan sacar el máximo provecho
de la tecnología de sonido e imagen, con todo aquello que no se puede ver en la
vida real (los efectos especiales, digamos).

El problema es que el costo de esos espectáculos es muy
grande y además crece todos los años, y que si el público no responde a uno
solo de ellos, las pérdidas para los estudios son cuantiosas, porque a ellos sí
les interesa el tema «entradas», incluso si también muerden de la
venta de merchandising. Pero incluso allí, si la película no funciona
comercialmente, no hay manera de vender remeras y muñequitos. Para sostener ese
negocio, se producen otras películas mucho más baratas que tienen como destino
las plataformas. Y la audiencia de cine queda restringida a un par de títulos
por año que, si no satisfacen, no generan ningún negocio. El piso para
recuperar la inversión es demasiado alto y también la vara de lo que el
espectador quiere ver.

Vamos ahora al porno. ¿Cómo sobrevive? Ya dijimos que el
mayor negocio a su alrededor es el de la generación de tráfico para terceros.
Pero también con la variedad del consumo hogareño. Es cierto que en el porno no
es tan importante la calidad como el impacto, y que hay mucho contenido creado
por amateurs. De todos modos, cuando se analizan métricas, el contenido
profesional es el que triunfa.

Ahí se hacen fuertes los grandes productores, que
«ceden» material a cambio de tráfico que va a sus propios sitios. El
star-system del porno es otro atractivo grande, y sobre todo la suma de nichos.
Eso es lo que el cine perdió: la concentración (pocas películas para mucho
público) es una bala de plata para las productoras en caso de no funcionar;
mucha variedad para nichos específicos permite sostener la demanda y una
audiencia que mantiene los ingresos.

 Si eso deriva
exclusivamente al hogar, el cine en salas está perdido. La lección del porno
fue justamente esa: apostar al consumo privado. Lo más probable es que el resto
del cine siga ese camino. El porno también sirve para explicar eso tan elusivo
llamado «cambio en los hábitos de consumo», la causa más grande de la
crisis en el cine, mucho más fuerte que cualquier crisis financiera.