La exposición prolongada al sol sin la protección adecuada puede generar consecuencias serias para la salud de la piel, entre ellas distintos tipos de cáncer cutáneo. Por este motivo, desde el sistema de salud se insiste en la importancia de adoptar hábitos de cuidado que reduzcan los efectos nocivos de la radiación ultravioleta.
El impacto del sol es acumulativo: el daño que se produce a lo largo del tiempo aumenta el riesgo de sufrir lesiones incluso años después. Entre las consecuencias más frecuentes se encuentran las quemaduras solares, el envejecimiento prematuro de la piel con aparición de manchas, arrugas y pérdida de elasticidad, además de lesiones precancerosas y cáncer de piel, como el carcinoma basocelular, el espinocelular y el melanoma.
El melanoma, si bien es menos común, representa el mayor riesgo debido a su rápida capacidad de propagación cuando no se detecta a tiempo. Para disminuir estas posibilidades, se recomienda evitar la exposición directa al sol entre las 11 y las 16 horas, cuando la radiación UV alcanza sus niveles más altos. También es fundamental utilizar protector solar de amplio espectro con un factor de protección solar de 30 o más, aplicarlo al menos 30 minutos antes de la exposición y renovarlo cada dos horas.
El cuidado puede reforzarse con medidas de protección física, como el uso de sombreros, gorros, anteojos con filtro UV y prendas que cubran brazos y piernas. Buscar la sombra siempre que sea posible y evitar las camas solares también resulta clave, ya que su uso incrementa notablemente el riesgo de desarrollar melanoma.
Por último, se aconseja realizar un autoexamen mensual de la piel, prestando atención a lunares o manchas que cambien de tamaño, forma o color. Ante cualquier alteración, es importante consultar con un dermatólogo, especialmente en personas de piel clara, con muchos lunares o con antecedentes familiares de cáncer de piel.