Los feriados de Carnaval en Argentina no responden solo a una tradición festiva, sino a una práctica cultural con más de tres siglos de historia. La celebración, que antecede a la Cuaresma en el calendario cristiano, llegó al Río de la Plata durante la época colonial y fue adoptando características propias con el paso del tiempo. Hoy, los lunes y martes de Carnaval forman parte del calendario oficial como reconocimiento a esa herencia.
Durante el Virreinato del Río de la Plata ya se realizaban bailes de máscaras en espacios cerrados y juegos con agua en las calles. Aquellas jornadas combinaban costumbres europeas con expresiones afrodescendientes e influencias locales. Con el correr de los años, la festividad se expandió y encontró en las comparsas, murgas y corsos una identidad popular que atravesó generaciones.
Sin embargo, el carácter masivo y descontracturado de los festejos generó tensiones con distintos gobiernos. Hubo intentos de limitar las celebraciones e incluso prohibiciones formales, como la que rigió durante el mandato de Juan Manuel de Rosas. A pesar de esas restricciones, la tradición logró sostenerse y volvió a tomar fuerza en distintos períodos del siglo XIX.
Con la inmigración europea, especialmente italiana y española, se incorporaron nuevos ritmos, vestimentas y formas de organización. A fines del siglo XIX y comienzos del XX, los corsos oficiales en Buenos Aires consolidaron el espectáculo en el espacio público, mientras que en los barrios crecían las murgas como expresión artística y comunitaria.
En 1976, la última dictadura militar eliminó los feriados de Carnaval mediante decreto, lo que implicó un retroceso para la celebración en todo el país. Con el regreso de la democracia, las agrupaciones barriales comenzaron a reorganizarse y recuperaron presencia en calles y clubes. Finalmente, en 2010, los feriados nacionales fueron restituidos, devolviéndole carácter oficial a la conmemoración.
Más allá del descanso o del movimiento turístico que generan los fines de semana largos, el Carnaval representa una manifestación cultural diversa que combina historia, identidad y participación popular. Los feriados actuales simbolizan el reconocimiento estatal a una fiesta que sobrevivió a prohibiciones, se adaptó a los cambios políticos y sigue siendo parte central de la vida social argentina.