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El caso Erik de Santa Ana y la deuda estructural del sistema de salud en el interior misionero

16 de octubre de 2025

La muerte de Erik Benjamín Bogado, el niño de ocho años oriundo de Santa Ana, no fue una tragedia inevitable. Fue, más bien, el desenlace de un sistema sanitario que hace años funciona en modo emergencia, sobre todo en el interior de Misiones. A más de veinte días del hecho, las preguntas siguen sin respuesta y las responsabilidades parecen diluirse entre comunicados, silencios institucionales y estrategias políticas de distracción.

Mientras algunos sectores apuntan únicamente al hospital nivel 1 de Santa Ana -un establecimiento con infraestructura limitada y personal reducido-, otras voces señalan una cadena de negligencias mucho más profunda: la que involucra al propio sistema provincial de salud, desde la falta de recursos hasta los mecanismos de derivación y control.

Según trascendió, Erik había sido atendido al menos cinco veces en el Hospital Pediátrico “Dr. Fernando Barreyro” de Posadas antes de su fallecimiento. El hospital de Santa Ana, que lo derivó en los últimos días de septiembre, actuó dentro de su alcance: sin laboratorio de guardia, sin diagnóstico por imágenes y con profesionales que, muchas veces, trabajan a destajo por guardias que rondan los $74.000 a $90.000 por 24 horas, según la grilla oficial del propio Ministerio de Salud.

¿Quién puede exigir excelencia a un médico del interior cuando el Estado lo retribuye con sueldos que rozan la precariedad y lo obliga a trabajar sin equipamiento básico?

La familia del niño, acompañada por el abogado José Montiel, presentó una acción de amparo colectiva federal, denunciando no solo negligencia médica sino abandono estatal. El reclamo busca que el Ministerio de Salud de la Nación intervenga y audite el sistema misionero, sobre todo en municipios donde los hospitales de baja complejidad son la única respuesta ante emergencias graves.

Sin embargo, el pueblo de Santa Ana también parece haber enfocado mal su reclamo: no fue el hospital local el que abandonó al niño, sino un sistema provincial que desde la cúpula dirige la salud pública con parches y promesas. Culpar al eslabón más débil es siempre más fácil que mirar hacia arriba.

Lo ocurrido con Erik no es un hecho aislado. En pueblos como Santa Ana, Candelaria o Profundidad, los vecinos conviven con guardias sin especialistas, ambulancias sin combustible -cada viernes el Ministerio entrega una cantidad limitada de vales para toda la semana- y centros sin insumos mínimos. La falta de inversión no solo se traduce en carencias materiales, sino en vidas que se pierden por causas evitables.

Resulta incómodo para el poder político admitir que el mejor hospital del nordeste argentino, como se promociona al Pediátrico de Posadas, haya tenido entre sus registros las últimas consultas de un niño que terminó muriendo sin un diagnóstico certero ni un tratamiento eficaz. Más aún cuando el candidato a diputado nacional del oficialismo provincial es un exministro de Salud.

La provincia muestra con orgullo el Parque de la Salud, moderno y con profesionales destacados, pero a menos de 50 kilómetros, la realidad cambia drásticamente. En Santa Ana, los médicos se enfrentan a la urgencia con un estetoscopio, un teléfono y la esperanza de que una ambulancia esté disponible.

El caso Erik Bogado debería marcar un antes y un después. No alcanza con sumarios ni con deslindar responsabilidades en un hospital de nivel básico. La verdadera responsabilidad es política y estructural. El sistema sanitario misionero, fragmentado y desigual, necesita una reforma profunda, no paliativos ni discursos.

En este punto, la figura del ministro de Salud, Héctor González, queda bajo una sombra difícil de despejar. No alcanza con anuncios ni fotos institucionales: la falta de planificación, la precarización de los profesionales y el abandono de los hospitales del interior son parte de su gestión. Y mientras el ministro intenta sostener una imagen de eficiencia, en el interior los médicos hacen guardias eternas sin combustible, sin insumos y sin respaldo.

Porque mientras en Posadas los médicos “se chocan” en los pasillos del Parque de la Salud, en el interior muchos luchan solos, con sueldos bajos y sin herramientas. Y en esa desigualdad, se siguen perdiendo vidas que no deberían perderse.

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