Motos fuera de control y escapes libres exponen a un Estado ausente en Posadas

28 de diciembre de 2025

Posadas parece haber renunciado a gobernar sus propias calles. No por falta de ordenanzas, sino por la decisión evidente de no aplicarlas. Los escapes libres, las detonaciones provocadas y las maniobras temerarias avanzan sin obstáculos, de día y de noche, como si existiera una autorización implícita para convertir el espacio público en territorio sin reglas.

Lo que comenzó como una molestia aislada hoy se volvió un fenómeno constante. Motocicletas con caños adulterados circulan a la vista de todos, generan explosiones deliberadas y alteran la convivencia urbana sin recibir sanción alguna. La percepción vecinal es unánime: en Posadas hay vía libre para el ruido y el descontrol.

En ese contexto, un grupo de más de cincuenta motociclistas recorre distintos puntos de la ciudad generando ruidos molestos, maniobras peligrosas y serias complicaciones para el tránsito. La situación se repite de manera sistemática, sin intervención alguna, mientras crece la preocupación por la seguridad vial y se profundiza el malestar por la imposibilidad de descansar durante la noche.

La falta de controles municipales resulta tan visible como alarmante. El área de Ruidos Molestos, señalada como canal oficial para denuncias, no atiende llamadas ni responde mensajes de WhatsApp. Los reclamos se multiplican, pero la respuesta nunca llega. El sistema existe solo en los papeles, mientras el hartazgo se acumula en cada barrio.

La Policía tampoco ofrece soluciones. Patrulleros se cruzan a diario con motos que generan estruendos, circulan en caravana o desafían las normas de tránsito, pero eligen mirar hacia otro lado. No hay identificaciones, no hay secuestros, no hay advertencias. El mensaje implícito es contundente: todo está permitido.

Durante la madrugada, el problema alcanza su punto más crítico. Las explosiones rompen el silencio, interrumpen el sueño y alteran la vida cotidiana de familias enteras. Niños que no descansan, adultos que comienzan agotados su jornada y vecinos que viven sobresaltados forman parte de una rutina que ya nadie parece dispuesto a frenar.

Los lugares de encuentro son conocidos. La costanera, el acceso oeste y otros sectores estratégicos funcionan como puntos habituales de concentración. Allí se agrupan, aceleran, provocan estruendos y luego recorren la ciudad sin límites, como si se tratara de una pista informal, sin presencia del Estado.

Lo más grave es que las autoridades no pueden alegar desconocimiento. La ordenanza que regula los niveles de ruido está vigente, las denuncias son constantes y el malestar social es evidente. Sin embargo, no existen operativos sostenidos ni coordinación entre organismos. La inacción dejó de ser una excepción para transformarse en norma.

Esta tolerancia no solo afecta la tranquilidad. También pone en riesgo la seguridad vial. Maniobras imprudentes, circulación en grupo y provocaciones al tránsito incrementan las posibilidades de siniestros. El ruido es apenas la cara audible de un problema más profundo: la renuncia del Estado a ejercer autoridad.

Mientras la Municipalidad y la Policía sigan ausentes, los escapes libres seguirán marcando el ritmo de Posadas. Y cada explosión nocturna no solo ensordece: confirma que, hoy, el descontrol circula con vía libre.